La segunda casa nace para huéspedes. Sesenta metros cuadrados en dos dormitorios, el mismo barro del terreno y el mismo quincho curvo, pero con la galería girada hacia el tajamar para agarrar el atardecer entero. Está cerca del anillo, a mitad de camino entre las colmenas y el bosque aromático.
En la pared norte quedó un hueco del tamaño exacto de un cajón de abejas. Ahí va a vivir una colmena de verdad, con un vidrio del lado del living: desde el sillón se ve crecer el panal, capa sobre capa, sin una sola abeja suelta adentro. La piquera queda afuera, mirando a las hileras de lavanda.
Del otro lado, entre la cortina de árboles del borde, va el hot tub de agua caliente a leña. De noche no hay una sola luz alrededor en kilómetros: se ve la Vía Láctea completa, y desde el agua se escuchan las ranas del tajamar.
La obra avanza con los talleres de barro. Cada pared que se levanta lleva manos de visitantes, así que si venís a un taller vas a poder señalar tu pedazo cuando la casa esté terminada.